Inversión externa y desarrollo

Por Matías Kulfas*

El gobierno ha puesto un especial énfasis en la captación de inversiones externas. Desde las visiones tradicionales se sostiene que los recursos externos son una excelente alternativa para complementar el limitado ahorro interno. La experiencia más reciente de nuestro país nos muestra que los ingresos de inversión extranjera no se han traducido en una complementación de la inversión nacional.

Se suele señalar que el ahorro nacional es escaso. Los depósitos bancarios y la capitalización bursátil representan en conjunto tan solo un tercio del PIB. Pero hay otras fuentes de ahorro que circulan afuera del sistema bancario y el mercado de capitales. Los activos financieros externos representan entre 40 y 76 por ciento del PIB según la fuente que se utilice. El problema central entonces no es que en Argentina no se hayan generado excedentes para financiar inversiones, sino que muchos de esos recursos se fugan del circuito productivo, incluso en períodos de políticas amigables hacia el mercado e ingresos de capitales externos.

En segundo lugar, me voy a referir a un fenómeno que podemos definir como “paradoja de la inversión”. Una comparación del escenario de políticas y regulaciones entre la década de 1990 y lo acontecido en años más recientes nos muestra diferencias sustanciales. La inversión extranjera directa creció notablemente en los ‘90 y Argentina concentró el 15 por ciento de los ingresos que recibió América Latina en aquel período. Durante los gobiernos kirchneristas, dichos ingresos fueron sustancialmente menores y la participación en el total recibido por América Latina se redujo al 7 por ciento. Sin embargo, la tasa de inversión no solo no se redujo sino que se incrementó. Esta paradoja fue constatada hace algunos años por el economista chileno Manuel Agosin, quien trabajó con un panel de países en desarrollo y concluyó que mientras en los países asiáticos la presencia de mayores ingresos de inversiones externas tenía lugar en simultáneo a un crecimiento de la tasa de inversión, en América Latina el efecto era el contrario y la tasa de inversión no crecía o incluso declinaba.

Suele también afirmarse que Argentina perdió grandes oportunidades de desarrollo por no haber podido captar mayores flujos de capitales externos en años recientes. El ministro Alfonso Prat Gay se animó a estimar en 2 millones la cantidad de puestos de trabajo que Argentina perdió de obtener por esa carencia. Lamentablemente la aritmética que propone Prat-Gay no es tan simple. En primer lugar, porque los sectores que atrajeron buena parte de la inversión extranjera que Argentina no captó y sí llegó en volúmenes importantes a países de menor tamaño como Colombia, Chile y Perú fueron casi excluyentemente a actividades primarias como la minería y el petróleo, sectores que generan poco empleo directo y donde los operadores privilegian la adopción de tecnologías globales que se traducen en mayores importaciones antes que en el desarrollo de proveedores nacionales. En segundo lugar, porque muchas de estas políticas llevan al desplazamiento de inversiones nacionales, tal como lo constatara el “efecto Agosin”.

Finalmente, la idea de que mayores recursos financieros se traducen en oportunidades de inversión suena bien en la teoría pero no se condice necesariamente con la experiencia histórica. Una de las medidas más importantes adoptadas por el nuevo gobierno, y que pasó en cierta forma desapercibida, fue la eliminación del encaje del 30 por ciento sobre inversiones de cartera que había sido implementado en 2005. Ese tipo de regulaciones procura desalentar la especulación que expone a economías pequeñas como la nuestra a shocks externos, y a tendencias a la apreciación cambiaria que se traducen en sesgos favorables a la especulación financiera y desfavorables a volcar excedentes hacia la inversión productiva. En definitiva, las condiciones generales de mercado indican sesgos favorables a la especulación y a inversiones directas con efectos de desplazamiento sobre inversiones locales y reemplazo de productores nacionales.

¿Significa esto que la inversión extranjera y el ingreso de capitales financieros deben ser rechazados de plano y que en nada puede aportar al desarrollo nacional? No. La experiencia internacional indica que los países que más han crecido de manera sostenida y diversificando su base productiva y tecnológica lo han hecho recurriendo a recursos externos de manera moderada, y utilizando intensivamente políticas de desarrollo. No se trata de recurrir a políticas “amigables con el mercado” sino de políticas sectoriales donde los flujos externos puedan financiar inversiones y complementar el desarrollo de la producción nacional.

*Esta nota fue publicada en la versión impresa de Página/12 el 30/05/2016. Ver versión online